Cada
vez son más las personas concienciadas de lo importante que son unos
adecuados niveles de autoestima para su bienestar emocional. La
eficacia de los programas
de prevención de problemas de autoestima ha
potenciado esta idea. Estos programas se basan en la idea de que no
hay que esperar a que el problema surja, sino desarrollar la
autoestima desde antes. Tanto es así, que cada vez son más los
colegios que incluyen estos programas entre sus actividades
fomentando el desarrollo de la autoestima infantil. Desde ellos,
tanto en niños como adultos, aunque de forma diferente, se aprende a
desarrollar un diálogo interno positivo, a quererse a uno mismo y a
afrontar los retos como un desafío y no como un estresor constante
que nunca acabamos de resolver.
Y
es que, llegados a la adolescencia,
la autoestima se muestra como un valor básico, ya que es en esta
etapa cuando desarrollamos nuestra identidad.
Empezamos a pensar en lo que somos, en lo que piensan los demás de
nosotros y en nuestras posibilidades y camino en la vida. Todo ello
tiene mucho que ver con la autoestima.
Si
se consigue forjar una autoestima elevada durante la adolescencia, es
posible que los pasos que dé esa persona en su vida sean más firmes
y seguros, con mayores probabilidades de éxito. Es más, una
autoestima alta ayudará al adolescente que la posee a confiar más
en sus virtudes y posibilidades, eso afecta a sus estudios: un joven
con la autoestima baja puede que tenga peores resultados en las
clases y los exámenes, ya que confía menos en sí mismo y piensa
que para qué esforzarse si su trabajo no llegará a buen puerto. Al
contrario, un muchacho con una autoestima saludable se enfrenta con
más fuerza y ánimo a los retos y dificultades, es más autónomo,
ya que su personalidad es más fuerte y no le asustan las relaciones
sociales, y tiene un mayor sentido de la responsabilidad y el respeto
por los demás.
Los
amigos, los profesores, la familia y hasta los medios de comunicación
tienen mucho que ver en la formación de esa autoestima, en que esta
sea más alta o más baja. Por ello, conviene que, en especial los
padres, los más influyentes en el niño a estas edades, le
hablen y le traten con respeto,
dejándoles expresar su opinión, y teniendo paciencia y comprensión
cuando se equivoquen, sin caer en el insulto, la descalificación o
gritarles delante de otras personas. Pero ojo, sobreprotegerles
también puede ser contraproducente en este sentido. Así como tener
demasiadas expectativas en ellos o demasiado pocas.

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